La primera vez (Relato inédito)

En el primer día del año 2012, quería hacerles un obsequio a los lectores, seguidores y visitantes casuales del blog. Como ya había anunciado en oportunidad del anuncio por el PRIMER ANIVERSARIO DEL BLOG, hace unos meses escribí un relato erótico, mi primer relato erótico, para ser más exactos, un relato que estuvo concursando en un concurso de una editorial española por un lugar en una antología, titulada “100 microhistorias de amor y un deseo satisfecho”, pero como no quedó seleccionado, decidí compartirlo en el blog y ofrecerlo como regalo de año nuevo. Desde acá, aprovecho para felicitar a mis amigas Andrea Milano, Anna Karine y Brianna Callum, cuyas microhistorias de amor han quedado seleccionadas para la antología.

Espero que les guste y disfruten de la lectura como yo disfruté escribiéndolo. Ya tenía ganas desde hace tiempo de entrar en este subgénero de romántica, y después de intentarlo varias veces, salió esta historia que, creo, no quedó tan mal. Por supuesto, me gustaría recibir comentarios y opiniones.

 

La primera vez

 

Romina Demicheli

Claire estaba sentada frente a la computadora de su escritorio, mirando distraída al resto del personal de la oficina. Todos estaban concentrados en sus trabajos, seguramente querían terminar a tiempo para poder disfrutar de la fiesta de fin de año esa noche. George les había dicho a todas las empleadas que podían retirarse más temprano y regresar más tarde, si no dejaban nada inconcluso. Claire suspiró, ella no tenía deseos de regresar esa noche. Hacía apenas dos meses que trabajaba para la compañía, el suyo era un trabajo netamente administrativo; se limitaba a pasar los informes de contabilidad que George tenía que presentarle a su jefe cada semana, y aún no había entablado amistad ni mucho menos una charla con sus compañeras. Se limitaba a mirar con sus enormes gafas de carey por sobre el monitor del ordenador lo que sucedía alrededor.

Nada le llamaba la atención, sus compañeras se pasaban la mitad del tiempo husmeando en los asuntos de los superiores antes que haciendo el trabajo; lo único que lograba realmente desconcentrarla en su rutina de copiar informes contables era la aparición, al menos dos o tres veces al día, de Matthew, el diseñador gráfico de la compañía que dejaba una exquisita fragancia de Terry Mugler cada vez que cruzaba el vestíbulo hasta la oficina de George.

Matthew era un hombre imponente. Una enorme masa corporal de casi dos metros de alto, espalda ancha, vientre plano y largas piernas. Contrastaba de una forma casi graciosa con el menudo y diminuto cuerpo de Claire, que nunca hubiera atinado a ponerse de pie frente a él. Ella sólo dejaba de tipear en el teclado del ordenador apenas sentía el perfume en el aire, entonces levantaba la cabeza y se lo quedaba mirando detrás de las gafas. Matthew, o “Matt”, como le decían las engreídas y estiradas de sus compañeras que siempre estaban intentando congraciarse con él y aprovechaban cada oportunidad que tenían para rozarle los brazos o acariciarle el rostro siempre afeitado al ras o el cabello oscuro, que gustaba de llevar completamente revuelto.

Claire refunfuñaba de sólo verlas, y volvía al trabajo, pensando que un tipo semejante jamás se fijaría en una muchacha como ella, que usaba gafas, tenía una nariz larga y fina que nunca le había gustado y que apenas llegaba al metro con sesenta centímetros y tenía que usar enormes tacones con los que le costaba un gran esfuerzo caminar de una manera que pareciera normal. Además, ella no se esforzaba por agradar, no le gustaba maquillarse demasiado y prefería andar siempre con las uñas sin pintar, pues decía que tenía los dedos demasiados esqueléticos y no quería que se los miraran. Y “Matt” nunca le había siquiera dirigido más que una mirada, mucho menos hablarle. Cuando ella se animaba a decirle apenas un “hola”, él se limitaba a arquear las cejas y sonreír, pensando, quizás, que Claire era otra de las muchachas que andaba tras la caza.

Claire acababa de pasar el último informe de George y estaba apagando el ordenador, cuando Matthew se detuvo frente a ella y la miró, con total seriedad. Cuando levantó la vista y se encontró con los ojos negros y fríos que la miraban fijamente, se sobresaltó y no pudo evitar empezar a temblar. Suspiró y se tomó las manos sobre la falda para que él no lo notara.

–Claire –dijo–. ¿Vienes a la fiesta esta noche?

Ella murmuró algo ininteligible que él no entendió por lo que tuvo que acercarse más. Con el cuello pegado a su rostro, Claire casi se intoxicó con la fragancia del Terry Mugler, pero enseguida logró reponerse y carraspeando y sonriendo apenas, se incorporó y le hizo frente.

–Sí, todos estamos invitados –logró decir.

–Bien –fue la respuesta seca de Matt–. Te veré esta noche.

Sonrió y le hizo una leve inclinación de cabeza que dejó el aire totalmente viciado por el perfume y a Claire ebria de deseo por aquél hombre que le parecía irresistible.

§

Claire se había puesto un vestido negro, ceñido a su figura, con dos breteles muy finos sobre los hombros. Apenas le cubría las rodillas y en los pies se había puesto unas sandalias de cuero negro con un taco pequeño que casi ni sentía al caminar. Se recogió el cabello en una coleta un tanto desprolija con algunos mechones cayendo sueltos sobre su rostro, se puso un poco de rubor en las mejillas y apenas le dio color a los labios.

Cuando llegó a la oficina miró a todos lados, un poco frustrada, porque había ido solamente porque Matt le había dicho aquél “nos vemos esta noche” y no lo encontraba por ningún lado. Se acercó a sus compañeras y, sonriendo, se quedó cerca, para descubrir que estaban hablando del hombre que ella estaba esperando.

Moviendo la cabeza, se alejó del grupo, tomó una copa de vino de una bandeja y ya estaba pensando en irse a su casa, cuando lo vio. Matt cruzó la puerta vestido de traje y corbata negros, con una camisa muy blanca, tenía el cabello bien peinado hacia un costado y, cuando la vio y se acercó a ella, Claire pudo notar que empezaba a salirle una leve barba en el rostro, que no lo quedaba para nada mal, al contrario, le daba un aspecto todavía más reacio y seductor.

–Matt… –murmuró ella, con la copa a medio camino hacia su boca–. Buenas noches.

–Buenas noches, Claire –respondió él, miró a su alrededor y, cuando pasó el mozo con las copas de vino, tomó una descuidadamente y bebió un poco frente a ella. Claire respiró agitada, de repente las mejillas le ardieron y se sintió como una tonta colegiala sin saber por qué.

Un silencio espantoso los invadió, Matthew la miró y no supo qué decir para romperlo.

–Me alegra que hayas venido –dijo–. Hace tiempo que quería que tuviéramos más tiempo para hablar.

–Tenemos tiempo para hablar…

–No, no en la oficina –señaló él, moviendo la cabeza–. Nunca me dices nada, más que un movimiento de la cabeza para saludarme y vuelves a tu trabajo. Como si yo te cayera mal o algo así.

Claire abrió la boca, nerviosa, pero las palabras no salieron. Él no le caía mal, no había ningún problema con él, era ella quien estaba fuera de lugar. Era una mujer que se había pasado la vida haciendo lo que creía que era correcto, estudiando, cuidando a sus padres, había ido a la universidad y se había graduado con las más altas calificaciones, pero había descuidado lo más importante que podía haber en la vida de toda mujer: el amor o los hombres, o el sexo, mejor dicho. Nunca había estado con un hombre íntimamente, es decir, nunca había llegado más allá de unos besos y caricias con algún compañero de la universidad, y también era cierto que, al pasarse la mayor parte del tiempo en la biblioteca del campus, pocas oportunidades tenía de hablar y conocer a los chicos. Y ahora realmente lamentaba eso, porque realmente le gustaba Matt y no tenía ni la menor idea acerca de lo que tenía que decir o hacer para que no se marchara.

–¿Qué quieres decir? –logró preguntar, ahora un poco más calmada, se volvió y dejó la copa sobre la barra que estaba a su espalda.

Matt respiró profundo, vació la copa de un trago y se pegó al cuerpo de Claire para poder dejarla detrás de ella, pero cuando lo hizo, no volvió a alejarse. Claire podía sentirlo sobre su piel, podía sentir la dureza del pecho del hombre y, más abajo, también podía sentir una dureza debajo de sus pantalones.

Un calor agobiante la invadió pero logró componerse y se aferró a los hombros del hombre que ahora le estaba respirando entrecortadamente en el oído.

–Tú me gustas, Claire –murmuró–. Me gustas mucho –agregó, ahora pasando la mano por el brazo desnudo de la muchacha en una caricia que la hizo estremecer.

–Matt –susurró ella, mirando con un poco más de cordura a su alrededor. Todavía podía sentir la erección del hombre presionando para salir del pantalón y eso la hizo ruborizar.

–¡Venga! –exclamó él, se incorporó y la tomó de la mano para tirar de ella y arrastrarla en dirección a las oficinas, que ahora estaban vacías y en total oscuridad. Claire miró alrededor, afortunadamente la mayoría de la gente parecía muy entretenida y no pareció que alguien notara que se escabullía con el enigmático diseñador gráfico.

Cuando llegaron a la puerta de la oficina de Matt, él abrió la puerta y tiró de Claire para hacerla entrar; inmediatamente entró él y cerró a su espalda.

–Matt… Qué haces… –empezó a preguntar ella, mirando a su alrededor, nunca había entrado en su oficina y ahora estaba todo muy oscuro como para apreciar los detalles, ni siquiera podía verlo con claridad a él; pero no pudo negarse cuando se acercó a ella y le tomó el cuello con las manos para besarla. En un segundo juntó su boca a la de ella y abrió la boca para meterle la lengua y buscar la suya para entrelazarlas. Claire se incorporó más y lo abrazó por el cuello para acercarlo más y dejar que hiciera lo que estaba queriendo hacer.

Matt respiraba agitado, no quería detenerse, quería estar completamente dentro de ella, quería tener la lengua en su garganta y cuando con una mano le tomó la cintura y la pegó a su cuerpo, gimió totalmente excitado. Realmente no soportaba más la erección que tenía en los pantalones. Empezó a besarle el rostro, el cuello, a lamerla, olerla, sentirla por todas partes.

Claire se separó de él y lo miró un momento. Matt aprovechó ese momento para mirar a su alrededor, la tomó de la mano y la llevó hasta el sillón que estaba junto a la puerta. Se sentó y tiró de la muchacha para que cayera sobre él, Claire lo besó, ya totalmente inconsciente acerca de lo que hacía, lo único que sabía era que quería que Matt hiciera lo que tenía ganas de hacer.

El hombre la besó en la boca con ardor, con un fuego contenido desde hacía meses, los meses que llevaba viendo cómo era ignorado por la mujer que le calentaba las entrañas, y antes de que ella se diera cuenta empezó a bajarle los breteles del vestido buscando sus pechos, dejó escapar un suspiro de satisfacción cuando notó que no llevaba sujetador y, al ver los pechos, soltó un gemido de excitación, complacido con lo que veía. Claire tenía los pechos más llenos y grandes que había tenido ocasión de ver en toda su vida adulta y, como un niño, se puso a jugar con ellos. Los tocó, los acarició, los apretó entre las manos y cuando acercó su boca a ellos, supo que ya no podría detenerse hasta hacerle el amor. Con lentitud empezó a cubrirlos de besos, después pasó la lengua por sus pezones que, para sorpresa de él, estaban completamente erectos, y finalmente se los llevó a la boca y succionó con ganas como si intentara alimentarse hasta quedar completamente saciado.

Claire se escuchó a sí misma gemir, nunca antes había sentido lo que estaba sintiendo, además, siendo ella tan pudorosa, esta vez no sentía la intromisión de Matt en su cuerpo. Es más, antes de darse cuenta, acabó por bajarse el vestido y colocarse a horcajadas sobre él para besarlo en los labios y empezar a jugar con él. Repartió besos desde su cuello, pasando por su pecho y cuando llegó a su cintura, lo miró, traviesa, y con una sonrisa, le abrió el pantalón y buscó su miembro. El pene de él se escapó grande y duro en dirección a la joven que no daba crédito a lo que veía. Era enorme, tan grande y largo que, cuando lo tomó entre las manos, no alcanzó a abordarlo en toda su extensión.

Cuando Matt sintió las manos frías de la muchacha en su miembro, se puso tenso y soltó un resoplido; se llevó las manos a la cabeza y gritó. En un momento, se incorporó y la miró a los ojos, para decirle, con la voz quebrada del dolor que tenía en la entrepierna, que hiciera lo que estaba pensando hacer.

–Hazlo –dijo–. ¡Llévalo a la boca, mujer! ¡Hazlo de una vez!

Lo había adivinado en su mirada, Claire estaba tan excitada como él y se moría de ganas de agarrarlo, chuparlo, meterlo por completo en su boca y jugar con él como si de un juguete se tratara.

Claire lo miró y luego al pene que sostenía entre las dos manos. Respiró profundo, bajó la cabeza, podía sentir la excitación en todo su cuerpo. Ella quería eso más que nada en el mundo y él estaba esperando que le hiciera sentir el placer que por tanto tiempo los dos se habían negado.

Abrió la boca y empezó pasando la lengua por el miembro que a cada momento que pasaba se ponía más grande y duro. Mientras, escuchaba los jadeos del hombre que se retorcía bajo su cuerpo y le pedía que no se detuviera. Y ella lo complació, abrió la boca y lo metió entero, como pudo y como alcanzó.

Matt respiraba agitado, realmente no podía controlarse. Estaba por correrse en su boca y no quería hacer eso, no en la primera vez con la mujer por la que tanto había esperado. Imprevistamente, se alejó de ella que lo miró sorprendida y buscó su boca. La besó repetidamente mientras la hacía volverse de espaldas contra el sillón para follarla como se lo había imaginado en tantas ocasiones.

Claire gimió con los brazos en torno al cuello de Matt y la lengua en su garganta. El vestido, ahora enroscado a su cintura le molestaba por lo que, con la mano que tenía libre, el hombre se lo bajó muy despacio y lo sacó por sus piernas para arrojarlo lejos y que sólo quedara la piel entre ellos.

Claire sintió como Matt le bajaba las bragas también y después tocaba su clítoris con los dedos. Empezó por masajear, acariciar y tocar todos los puntos más íntimos de su cuerpo, los que nadie hasta ese momento había descubierto. Se sorprendió al escucharse pidiendo más. Matt la complació, se inclinó sobre su vientre, le separó las piernas lo más que pudo en aquél estrecho sofá y empezó a hacer con la lengua lo que ella había hecho antes en su miembro. Claire se movió debajo de él, completamente agitada y caliente, anhelando tenerlo dentro suyo y Matt no la defraudó. Primero usó su lengua, despacio, creando círculos en torno a su vagina y luego la metió lentamente hasta escucharla gemir; después se separó de ella y, sonriendo, le introdujo dos dedos. La sintió un poco estrecha, pero lo atribuyó quizás a la incomodidad del lugar y el momento, quizás estuviera nerviosa, pensó.

Se incorporó sobre ella y buscó sus labios, quería besarla muchas veces mientras su miembro estaba dentro de ella; mientras la besaba, su cuerpo se pegó al de ella para penetrarla. Cuando Claire levantó las caderas al sentir su miembro entre las piernas, supo que era el momento, la muchacha estaba húmeda, lista para recibirlo, y él suspiró aliviado, porque ya no podía esperar más.

Se sostuvo por los hombros de Claire y empujó fuerte. Ella estaba realmente estrecha y rígida y eso lo detuvo, no quería ser brusco con ella; pero realmente quería estar dentro de ella, gimió, respiró, gritó y antes de que se diera cuenta, estuvo dentro de ella.

Claire se quedó quieta, no podía moverse, había sentido que alguien irrumpía en su cuerpo con la fuerza de un animal salvaje; sintió un dolor agudo y punzante que la dejó sin aire. Por un momento estuvo a punto de gritar, abrió los ojos y vio la cara de sorpresa de Matt que todavía estaba dentro de ella y no atinaba a moverse.

–¿Por qué no me lo dijiste? –le preguntó, casi en un susurro.

Ella bajó la cabeza y le besó un hombro, avergonzada.

–No tiene importancia, Matt –murmuró–. De verdad, hice lo que quería.

–Debiste decirme, habría tenido más cuidado – siguió diciendo él, mientras empezaba a moverse dentro de ella, ahora con la cautela que suponía, necesitaba ella.

Claire levantó las caderas y gimió, realmente le gustaba lo que estaba sintiendo. Se aferró al cuerpo de Matt y cerró las piernas para mantenerlo dentro suyo y que no saliera todavía. El hombre la miró, sonrió y entendió perfectamente.

–Querida, no me iré a ningún lado –dijo–. Todavía tengo mucho por hacer contigo esta noche… y las que vendrán.

Se inclinó sobre su rostro y depositó un beso en los labios antes de empezar una nueva ronda.